Patofobia: el miedo a enfermar

    · David Van den Brink

    Patofobia: el miedo a enfermar

    Alguien tose cerca y contienes la respiración. Evitas el hospital, la noticia médica, al conocido que está malo. Cada precaución te da un respiro y deja el miedo un poco más grande. Te explico por qué la patofobia no se calma esquivando la enfermedad, sino aprendiendo a dejar de organizar la vida a su alrededor.

    El miedo a enfermar es una fobia, y se trabaja como tal: terapia para fobias. La primera orientación es gratuita y dura 30 minutos.

    Alguien tose a tu lado en la cola del supermercado.

    No es nada. Un carraspeo cualquiera, de esos que suelta la gente cien veces al día. Pero tú ya has hecho tres cosas casi a la vez: has apartado el carro medio metro, has contenido un segundo la respiración y has empezado a calcular cuánto rato llevas cerca de esa persona y qué probabilidades hay de que se te haya pegado algo. Todo eso, antes de terminar de dejar la compra en la cinta.

    Nadie a tu alrededor lo ha notado. Por dentro, en cambio, ya has vivido media película.

    Esa reacción automática, tan rápida que se dispara antes de que tú decidas nada, es el centro de lo que llamamos patofobia. Y no se parece tanto a la hipocondría como podría parecer. Deja que te explique la diferencia, porque en ella está la clave.

    No es lo mismo temer estar enfermo que temer enfermar

    Conviene separar dos miedos que se confunden constantemente, incluso en la consulta.

    La persona con hipocondría mira hacia dentro: interpreta las señales de su propio cuerpo como la prueba de que ya tiene algo. Su pregunta es "¿y si lo que noto es grave?". La persona con patofobia, en cambio, mira hacia fuera y hacia delante: no teme tanto lo que su cuerpo dice hoy, sino lo que el mundo pueda contagiarle mañana. Su pregunta es otra: "¿y si lo cojo?".

    Uno vigila el presente de su cuerpo. El otro vigila el futuro y el entorno. La hipocondría dice "ya lo tengo"; la patofobia dice "voy a cogerlo". Y esa diferencia, que parece sutil, lo cambia todo, porque cambia lo que cada uno hace para defenderse. El hipocondríaco comprueba. El patofóbico evita.

    El miedo que empieza cuidándote

    Antes de señalar dónde se tuerce, seamos justos con este miedo, porque nace de un sitio sano.

    Temer la enfermedad es de lo más razonable. Lavarse las manos, cuidar lo que comes, vacunarte, no compartir el vaso con alguien griposo: todo eso es sentido común, y gracias a ese sentido común hemos sobrevivido como especie. El miedo a enfermar, en su justa medida, es un buen consejero. Te mantiene atento sin quitarte la vida.

    El problema aparece cuando ese consejero deja de aconsejar y empieza a mandar. Cuidarse mira hacia la vida; la patofobia mira solo hacia la enfermedad. Uno se lava las manos y sigue con su día; el otro se las lava, se las vuelve a lavar, y ya no puede tocar el pomo de la puerta que acaba de tocar el resto del mundo. La frontera no está en si te proteges, sino en si la protección te deja vivir o te va cerrando el paso.

    Las precauciones que agrandan aquello que temen

    Y aquí es donde la patofobia repite, punto por punto, el mecanismo de cualquier fobia: cada cosa que haces para sentirte a salvo termina confirmándote que el peligro era real.

    Empiezas evitando. Evitas el hospital, aunque tengas que acompañar a alguien. Evitas al conocido que "está malo". Evitas la noticia sobre el virus de turno, cambias de conversación cuando alguien habla de su operación, das un rodeo para no pasar por delante del centro médico. Cada evitación te da un alivio inmediato y de verdad, no te lo voy a negar. Pero al mismo tiempo le susurra a tu cerebro una frase que tú no firmaste: "has hecho bien en huir, porque eso era una amenaza".

    Luego añades prevención. Gel en cada bolsillo, no tocar nada en público, cambiarte de ropa nada más llegar a casa, vigilar de reojo a quien se acerca demasiado. Y no te das cuenta de que cada precaución de más no te aleja de la enfermedad: te acerca el miedo un paso más. Porque una precaución razonable te tranquiliza y te olvidas de ella; una precaución de más te recuerda, cada vez que la ejecutas, que ahí fuera hay algo tan grave que exige todo ese despliegue.

    Lavarte las manos una vez es higiene; lavártelas diez es la enfermedad dándote órdenes.

    La garantía que nadie puede firmarte

    En el fondo de todo esto hay una búsqueda, y merece la pena ponerle nombre, porque mientras no lo tenga seguirás persiguiéndola.

    Lo que buscas, en el último rincón, es una certeza: la seguridad de que no vas a enfermar. Que a ti no te va a tocar. Que si haces todo bien, si evitas lo suficiente, si previenes lo suficiente, si preguntas lo suficiente, quedarás fuera de peligro. Y por eso preguntas: "¿tú crees que se contagia?, ¿verdad que no me va a pasar nada?", buscando en el otro una firma que te tranquilice.

    Pero esa firma no existe. Querer la certeza de que nunca enfermarás es exigirle al futuro un documento que no puede darte. Nadie, ni el mejor médico del mundo, puede garantizarte que no caerás enfermo jamás, porque el cuerpo humano no funciona así. Y como la certeza absoluta es imposible, cada garantía que consigues se queda corta: siempre falta un "pero", siempre hay un resquicio por el que se cuela el "¿y si aun así…?".

    De modo que cuanto más persigues la seguridad total, más inseguro te sientes. No porque hagas algo mal, sino porque estás buscando en la vida una cosa que la vida no tiene.

    "Ya, pero más vale prevenir"

    Es muy probable que estés pensando eso, y tiene toda la lógica, así que te contesto sin rodeos.

    Prevenir está bien. Faltaría más. La diferencia entre la prudencia y la patofobia no está en si te cuidas, sino en cuánto te cuesta. La prudencia te cobra un gesto y te devuelve tranquilidad para el resto del día. La patofobia te cobra el gesto, y otro, y otro, y a cambio te deja más asustado que antes y con la vida un poco más pequeña. La prudencia protege tu vida; el miedo la va confiscando en cuotas.

    Por eso no vas a encontrar en este artículo una lista de precauciones para estar más seguro. No es que te falten precauciones. Es que ya cargas con más de las que puedes sostener.

    Qué hacemos en terapia

    Desde la Terapia Breve Estratégica no nos dedicamos a convencerte de que las enfermedades no existen ni a discutir probabilidades de contagio; eso ya lo has intentado tú solo, y el alivio nunca dura. Nos ocupamos de otra cosa: de todo lo que haces para no enfermar y que, sin que lo sepas, es justo lo que mantiene la enfermedad ocupando el centro de tu vida.

    El trabajo consiste en ir recuperando, poco a poco y de forma pactada, el terreno que le habías ido cediendo: los lugares que evitabas, los rituales de prevención, las preguntas que lanzas para que te tranquilicen. No a golpe de valentía, sino con maniobras concretas y graduales que le enseñan a tu cabeza, por experiencia y no por discurso, que puedes estar cerca de aquello que temes sin que ocurra la catástrofe. Suele ser un proceso breve, habitualmente de entre 7 y 20 sesiones, porque no busca hacerte inmune a nada, sino soltar el nudo exacto que te tiene apartándote de la vida por si acaso.

    Y con esto quiero dejarte, porque lo veo cumplirse una y otra vez en consulta: no se trata de dejar de temer la enfermedad, sino de dejar de vivir para no cogerla. El día que dejas de organizar tus días alrededor de un contagio que no ha ocurrido, descubres que te sobra muchísima vida que llevabas tiempo sin usar.

    Si llevas meses esquivando el mundo para no enfermar, quizá haya llegado el momento de preguntarte quién manda de verdad: si tú, o el miedo que decide por dónde puedes pasar.


    ¿Hablamos?

    Si te has reconocido en este artículo, podemos verlo juntos. Ofrezco una orientación gratuita de 30 minutos, sin ningún compromiso, para entender qué te está pasando y valorar si puedo ayudarte.

    Atiendo online y presencialmente en Barcelona, en español, catalán, inglés y neerlandés.


    Este artículo tiene una finalidad divulgativa y no sustituye una valoración profesional individualizada. Si estás pasando por un momento difícil, consulta con un profesional de la salud mental colegiado.

    David Van den Brink Rodríguez · Psicólogo General Sanitario · Col. 36262 (COPC)

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