
· David Van den Brink
Hipocondría: el cuerpo bajo vigilancia
Te tomas el pulso, repasas el lunar, buscas el síntoma en internet y preguntas al médico una vez más. Cada comprobación te calma unos minutos y luego vuelve la duda, un poco más fuerte. Te explico por qué el problema no está en tu cuerpo, sino en lo que haces para asegurarte de que está bien.
Cuando la comprobación se come el día, hay salida: terapia para la ansiedad. La primera orientación es gratuita y dura 30 minutos.
Son las tres de la mañana y tienes el móvil a diez centímetros de la cara.
Empezó por una molestia sin importancia: una punzada en el costado, un ganglio que notas un poco más grande, un hormigueo en el brazo que no sabes si estaba antes. Nada que le contarías a nadie. Pero en lugar de darte la vuelta y dormir, has escrito el síntoma en el buscador. Y ahora llevas cuarenta minutos saltando de una página a otra, cada una un poco más oscura que la anterior.
Mañana, con luz y con el susto ya frío, sabrás que era una tontería. Esta noche, no.
Esa escena, tan común que muchos la vivís a solas sin contársela a nadie, explica la hipocondría mucho mejor que cualquier definición de manual. Deja que te cuente qué está pasando ahí.
El cuerpo nunca guarda silencio
Empecemos por un dato que casi nadie tiene presente, porque parece demasiado sencillo para ser importante.
Tu cuerpo produce sensaciones a todas horas. Late, digiere, se tensa, se destensa, tira de un músculo, nota un pinchazo y lo olvida. La mayoría de esas señales no las registras siquiera: tu cerebro las filtra, las da por normales y sigue a lo suyo. El cuerpo no guarda silencio ni cuando está sano: siempre está haciendo ruido. La diferencia entre una persona tranquila y una persona con hipocondría no está en el cuerpo. Está en el volumen al que escucha ese ruido.
Y aquí conviene ser honesto contigo: la sensación que notas es real. No te la inventas, no estás exagerando, no es "cosa de tu cabeza" en el sentido despectivo que a veces te han dado a entender. El pinchazo existe. Lo que falla no es la sensación. Es la historia que le cuelgas encima.
Porque donde otro lee "he dormido mal y tengo el cuello cargado", tú lees "¿y si es algo en la cabeza?". La misma señal, dos subtítulos distintos. Y el subtítulo lo pones tú.
La comprobación que promete calma y trae lo contrario
Llegados a ese punto, haces lo que haría cualquiera con la mejor intención: intentas quedarte tranquilo. Y para quedarte tranquilo, compruebas.
Te tomas el pulso. Te palpas la zona diez veces a ver si sigue ahí. Te miras la lengua en el espejo. Buscas el síntoma en internet. Le preguntas a tu pareja si te ve buen color. Pides cita, y cuando el médico te dice que está todo bien, respiras… hasta que en la sala de espera de vuelta a casa aparece la grieta: "¿y si no ha mirado bien?, ¿y si hacía falta otra prueba?".
Fíjate en lo que acaba de pasar, porque es el corazón de todo el asunto. La tranquilidad que te da una prueba médica caduca antes de que llegues a casa. Y no es mala suerte ni que tengas un cuerpo especialmente traicionero. Es que la comprobación, por su propia naturaleza, no puede cerrar la duda: solo puede aplazarla.
Por qué internet es el peor lugar donde preguntar
Detente un segundo en una de esas comprobaciones, la más tentadora de todas, porque la tienes en el bolsillo las veinticuatro horas.
Cuando escribes un síntoma en el buscador, tú crees que estás pidiendo información. En realidad estás pidiendo tranquilidad a la única fuente incapaz de dártela. Un buscador no te conoce, no te explora y no te acompaña: se limita a ordenar todas las causas posibles de tu síntoma, de la más frecuente a la más grave, y a ponértelas delante juntas. Internet no te da un diagnóstico: te da el peor de todos los diagnósticos posibles. Y tú, que estás asustado, no te quedas con el dolor de cabeza por tensión que sufre el 99 % de la gente. Te quedas con la otra palabra. Siempre con la otra.
Así que sales de esa búsqueda peor de lo que entraste. Y aun así, mañana volverás a entrar.
La duda que nunca se cierra
Aquí es donde la trampa se cierra sobre sí misma, y merece la pena verlo despacio.
Cada vez que compruebas y te tranquilizas, le enseñas a tu cabeza una lección que no querías enseñarle: que esa sensación era, efectivamente, peligrosa; que menos mal que la vigilaste. Le confirmas que el cuerpo es un sitio del que hay que sospechar. Y un cuerpo del que sospechas te ofrece, cada día, material nuevo para sospechar, porque, ya lo hemos dicho, nunca deja de hacer ruido.
De modo que la próxima señal llega antes. Y la compruebas antes. Y necesitas una tranquilidad un poco más grande para el mismo susto. No vigilas el cuerpo para cuidarlo: lo vigilas para pillarlo en un renuncio. Y quien vigila esperando encontrar algo, tarde o temprano encuentra algo.
Puede que lleves años sin que ninguna prueba te haya dado un solo resultado malo, y sin embargo sigas igual de asustado que el primer día. Ese es exactamente el síntoma de que el problema nunca estuvo en el cuerpo. Si diez años de análisis limpios no te han bastado, es que no era un análisis lo que buscabas.
"Ya, pero prefiero asegurarme"
Es muy posible que estés pensando eso ahora, y con toda la lógica del mundo, así que voy a contestarte con la misma franqueza que uso en consulta.
Cuidarse es sensato. Ir al médico cuando algo cambia y persiste es lo correcto, y jamás te diré que no lo hagas. Hay una diferencia enorme entre revisar un síntoma nuevo que dura tres semanas y volver a palparte por décima vez el mismo lunar que un dermatólogo ya te miró el martes.
La primera es una consulta. La segunda es un ritual. Y el ritual no se hace para saber: se hace para calmar. Solo que calma como calma rascarse una picadura: cada comprobación alivia el picor un instante y deja la piel un poco más irritada para la próxima vez.
Por eso no vas a encontrar aquí una lista de señales de alarma para que las vigiles mejor. No es que vigiles poco. Es que llevas años vigilando demasiado.
Qué hacemos en terapia
Desde la Terapia Breve Estratégica no nos dedicamos a discutir contigo si tu síntoma es grave o no; esa discusión ya la has tenido mil veces contigo mismo y con cada médico, y nunca te ha dejado tranquilo más de un rato. Nos ocupamos de otra cosa: de todo lo que haces para asegurarte de que estás bien y que, sin que lo sepas, es justo lo que te mantiene convencido de que estás mal.
El trabajo consiste en ir soltando, poco a poco y de forma pactada, esos rituales de comprobación: las búsquedas, las palpaciones, las preguntas que lanzas para que alguien te calme. No a base de fuerza de voluntad, sino con maniobras concretas y graduales que le devuelven a tu cuerpo el permiso para hacer ruido sin que tú acudas corriendo cada vez. Suele ser un proceso breve, habitualmente de entre 7 y 20 sesiones, porque no pretende blindarte contra toda enfermedad futura, cosa que nadie puede hacer, sino desactivar el mecanismo exacto que te tiene en vela a las tres de la mañana.
Y con esto quiero dejarte, porque es lo que veo cumplirse una y otra vez en consulta: el día que dejas de interrogar al cuerpo, el cuerpo deja de parecer sospechoso. No porque hayas conseguido la certeza de que nunca enfermarás, esa no la tiene nadie, sino porque has dejado de exigírsela.
Si llevas meses buscando en tu cuerpo una prueba de que estás sano y esa prueba nunca te dura, quizá el problema no sea la prueba que falta, sino la pregunta que no deja de hacerse.
¿Hablamos?
Si te has reconocido en este artículo, podemos verlo juntos. Ofrezco una orientación gratuita de 30 minutos, sin ningún compromiso, para entender qué te está pasando y valorar si puedo ayudarte.
Atiendo online y presencialmente en Barcelona, en español, catalán, inglés y neerlandés.
Este artículo tiene una finalidad divulgativa y no sustituye una valoración profesional individualizada. Si estás pasando por un momento difícil, consulta con un profesional de la salud mental colegiado. Ante cualquier síntoma físico nuevo o persistente, consulta siempre con tu médico.
David Van den Brink Rodríguez · Psicólogo General Sanitario · Col. 36262 (COPC)
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