Fobias: la ayuda que, sin querer, alimenta el miedo

    · David Van den Brink

    Fobias: la ayuda que, sin querer, alimenta el miedo

    Alguien coge el teléfono por ti. Alguien conduce por ti. Alguien entra primero para comprobar que no hay nada. Lo hacen porque te quieren, y funciona: te sientes mejor al instante. Ese es exactamente el problema.

    Si llevas tiempo organizando tu vida alrededor de esto, terapia para fobias. La primera orientación es gratuita y dura 30 minutos.

    En casa de cualquier persona con una fobia hay un reparto de papeles que nadie ha escrito, pero que todos conocen.

    Es tu hermana la que llama al médico. Es tu pareja la que conduce siempre en autopista. Es tu amigo el que entra primero en la casa a comprobar que no hay ninguna araña, y sale diciendo "ya está, puedes pasar". Nadie lo ha hablado nunca. Simplemente, un día empezó a ser así.

    Y todos lo hacen por amor. Ese es justamente el problema.

    El miedo no es el enemigo

    Antes de seguir, conviene quitarse de encima una idea que hace mucho daño: tener miedo no es un defecto.

    El miedo es una emoción sana, útil y profundamente inteligente. Es la que te aparta del borde del andén, la que hace que mires antes de cruzar y la que te salva de meter la mano donde no debes. Sin miedo no serías más valiente: serías más frágil.

    Entonces, ¿dónde está la diferencia entre un miedo y una fobia? No está en la intensidad. Está en lo que te hace hacer.

    Un miedo te acompaña: sientes respeto por las alturas y aun así te asomas al mirador, incómodo pero entero. Una fobia te gobierna: te dice dónde no puedes ir, qué no puedes hacer y por qué carretera tienes que dar la vuelta. Y le obedeces.

    Un miedo va contigo. Una fobia decide por ti.

    Cómo se hace grande

    Aquí está el mecanismo, y es más sencillo de lo que parece.

    Cuando te enfrentas a lo que temes, sientes una angustia horrible. Cuando lo evitas, esa angustia desaparece de golpe. Y ese alivio, tan intenso y tan inmediato, es una recompensa tan potente que tu cerebro toma nota al instante: evitar funciona.

    Pero fíjate en el mensaje completo que se ha grabado ahí dentro, porque tiene dos partes y solo escuchas la primera. La primera es "evitar te alivia". La segunda, la que no oyes, es "y menos mal, porque tú no habrías podido con esto".

    Cada evitación es una pequeña confirmación de tu incapacidad. Y como uno no puede vivir sintiéndose incapaz, evitas otra vez. Y otra. Y el territorio prohibido se ensancha: primero era el ascensor, luego los sitios cerrados, luego los sitios con mucha gente, luego los sitios de los que no ves la salida.

    Una fobia no se alimenta de lo que temes, sino de lo que haces para no temerlo. Por eso crece incluso cuando el objeto temido no aparece nunca.

    La trampa de la ayuda

    Y ahora llegamos a la parte incómoda, la que casi nunca se cuenta y que en consulta cambia la conversación entera.

    Tú no evitas solo. Tienes ayuda.

    Tu pareja coge el volante sin que se lo pidas, porque sabe que a ti la autopista te puede. Tu madre llama al médico por ti. Tu amigo entra primero. Todos lo hacen con la mejor intención del mundo, y además funciona: en el momento, tú respiras.

    Pero cada uno de esos gestos, tan cariñosos, tan bienintencionados, está firmando el mismo documento: "tú solo no puedes". Y lo firma alguien a quien tú quieres y respetas, así que le crees.

    La mano que te sostiene es también la que no te deja andar solo.

    Y ojo, porque esto no va de culpar a nadie. Tu familia no está haciendo nada malo: está haciendo exactamente lo que haríamos todos. Ver sufrir a quien queremos y no ayudar es antinatural. El problema es que la ayuda que quita el mal trago de hoy es la misma que garantiza el de mañana.

    Por eso, cuando trabajo una fobia, muchas veces no trabajo solo con la persona que la tiene. Trabajo también con quien la rodea. Porque no se puede desmontar un círculo si la mitad del círculo se queda fuera de la consulta.

    "Yo es que ya lo he intentado"

    Casi siempre me lo dicen. Y casi siempre significa lo mismo: lo intentaste de golpe.

    Un día te armaste de valor, te plantaste delante de aquello, te obligaste a aguantar, lo pasaste fatal y saliste corriendo. Y de ahí sacaste la conclusión definitiva: no puedo.

    El problema no fue tu valentía. Fue la dosis. Enfrentarse a una fobia a lo bruto, sin preparación y sin una secuencia pensada, no cura: confirma. Sales de ahí con la prueba, ahora sí, de que aquello te supera.

    Por eso en terapia no funcionamos así. Lo que se hace de golpe se rompe; lo que se hace por partes, se sostiene.

    Qué hacemos en terapia

    Desde la Terapia Breve Estratégica no vamos a investigar en qué momento de tu vida apareció esta fobia. Vamos a desmontar lo que la mantiene viva hoy: las evitaciones, grandes y pequeñas, tuyas y de los tuyos.

    Se hace con prescripciones concretas y graduales, calculadas para que puedas darlas: pasos lo bastante pequeños como para que no te desborden y lo bastante reales como para que tu cerebro registre algo nuevo. Porque de eso se trata, en el fondo: de que empieces a acumular pruebas de que sí puedes, después de años acumulando pruebas de lo contrario.

    Suele ser un proceso breve, habitualmente entre 7 y 20 sesiones, y las fobias, precisamente por lo mecánicas que son, suelen responder bien.

    Y hay un momento, en algún punto del camino, en el que la gente se da cuenta de algo que no esperaba: no estaban esperando a dejar de tener miedo. Estaban esperando a que alguien les dijera que podían hacerlo con miedo.


    ¿Hablamos?

    Si hay sitios a los que ya no vas, cosas que ya no haces o personas a las que pides que las hagan por ti, podemos verlo juntos. Ofrezco una orientación gratuita de 30 minutos, sin ningún compromiso, para entender qué mantiene tu miedo en pie y valorar si puedo ayudarte.

    Atiendo online y presencialmente en Barcelona, en español, catalán, inglés y neerlandés.


    Este artículo tiene una finalidad divulgativa y no sustituye una valoración profesional individualizada. Si estás pasando por un momento difícil, consulta con un profesional de la salud mental colegiado.

    David Van den Brink Rodríguez · Psicólogo General Sanitario · Col. 36262 (COPC)

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